jueves, 30 de septiembre de 2010

Ecos del pasado.

La anciana mujer contempló a los guerreros salir de la aldea, armados, listos para la batalla. Las trompetas, en la lejanía, se le antojaron el canto melancólico de ancestrales pájaros hechos de espíritu, alma y pasado. Su mente aleteó con ellos y se perdió en los recuerdos que transportaban sus alas negras:

Vió caras conocidas marchar con el gesto valeroso de la juventud, con aquel coraje que solo podían mostrar los ingenuos o los destinados a la gloria. Marchaban al amanecer, tocados apenas por los rosados dedos del alba, bajo una lluvia liviana y reconfortante que los acariciaba con el gesto tierno de una madre que acuna a su niño. Notaba la sangre en sus labios. Un corte producido por el frio de los primeros meses del año. El beso del invierno que de noche la había acariciado como un amante que se despide. "No llores, mi amada, volveré. Solo la muerte puede mantenernos alejados.".

Caminaba con ellos, con el coraje por bandera y el corazón perdido en lejanas ensoñaciones de honor y victoria. Su espada era su hermana y su protectora; la muerte, si llegaba, bella y gloriosa. Volviesen o no, sus nombres serían recordados en la memoria de los pueblos.

Vió a aquellos con los que había compartido su bebida en otro tiempo. Vió la mirada de quien por primera vez consiguió sonrojarla. Creyó volver a sentir sus caricias, pero se esfumaron con el aleteo de los pájaros negros. Sonrió a los que compartieron aventuras y vida con ella. Rió de nuevo con ellos, antes de que el tiempo volviese a sepultarlos.

Ahora, vieja, endeble, sentada al fuego mientras veía marchar a los guerreros, los ecos del pasado volvían a reclamar su sitio en su corazón. Alzó su mirada vidriosa y cansada al cielo -tronaba, pero los dioses ya no la llamaban a ella-, para luego bajarla hasta sus manos, encallecidas, arrugadas. Sentía el frio en el corazón, donde una vez había ardido la llama de la juventud, el amor, la esperanza. La risa se había apagado para siempre de su garganta y sus oídos. Las caricias en su piel ya se habían congelado, el acero era demasiado pesado para que pudiera levantarlo; su alma, demasiado vieja para seguir el ritmo acelerado de un espíritu joven buscando aventuras.

Ya solo le quedaba esperar, en suspensión, el momento en que sus ojos se cerraran, por fín, al mundo, al aleteo de los pájaros negros.

1 comentario:

  1. Me gusta bastante esta historia y creo que el nombre que te has puesto banshee tiene mucha fuerza. ¿Te consideras realmente una banshee? ;) algo desconsolador predecir las muertes con gritos de dolor =)

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